Pariendo chayotes.

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Un paciente amigo mío, en alguna ocasión me planteó un problema médico y le tuve que decir: _¡Ahora si me pusiste a “parir chayotes”

_¿Qué es eso?. ¡Esa no me la sé!. _Me cuestionó.

_¡Pues nada más imagínate el parto de un chayote! . _Le contesté y se soltó la carcajada, descubriendo el significado del viejo refrán popular, producto de los incontables filósofos que se encuentran en todos los rincones de nuestra campiña mexicana.

Los refranes populares son precisamente producto de la gran capacidad de observación y de interpretación de la realidad y del ingenio que tienen muchos de los cerebros de nuestro pueblo sin que necesariamente hayan sido barnizados en los grandes centros académicos y sin contar con títulos universitarios.

En el ejercicio de la medicina con frecuencia se presentan casos peliagudos por su rareza o porque nos falta la experiencia, en los que a veces no se les encuentra pies ni cabeza ante lo cual debemos tomar una decisión profesional de informar al enfermo y sus familiares si podemos resolverlo o debemos enviarlos con otros colegas expertos en el tema.

En una ocasión se presentó una paciente con una queja que me puso a parir chayotes por la dificultad que hubo para hacerla comprender a ella y a su esposo del origen del posible origen de su mal:

_Mira Doctor. Ya me hicieron unas radiografías de mi espalda y quiero que me digas que tengo. Es que mira. Siento como frío en la espalda. Como un frío que me corre hasta la nuca y no se me quita, no se me quita, aquí lo tengo. _Expresó con cierta inseguridad una mujer de unos 50 años, campirana, sin ningún grado de escolaridad, señalando la espalda con las manos, con la mirada dirigida hacia su esposo como buscando apoyo y protección, repitiendo varias veces en forma compulsiva la misma queja de frío en la espalda sin que en ningún momento me dirigiera la vista durante unos cinco largos minutos en que la escuché libremente para decirme lo mismo, por lo que opté por interrumpir para preguntar:

_Si, señora, ya escuché su queja. ¿Tiene alguna otra molestia que decirme?.

_No, Doctorcito. Es ese frío en la espalda que no se me quita, no se me quita. _Volvió a repetir la obstinada paciente.

_¿Ese frío en la espalda le impide comer, o dormir, o le impide hacer sus quehaceres de la casa?. _Pregunté con el fin de valorar el grado de repercusión que este frío en la espalda, producía en su calidad de vida.

_No médico. _Terció su esposo que estaba atento al interrogatorio._Si viera que anda como hormiga “parriba y pabajo”, no para, yo le digo que descanse y en la noche duerme como bendita. Desde las cinco de la mañana anda trajinando sin parar hasta en la noche.

De las escasas ocasiones en que pienso juiciosamente, presumí que ahí estaba la clave para explicar la espalda fría de esta trabajadora mujer y continué preguntando:

_¿Siente dolor en su espalda, o adormecimiento o como entumecimiento y como si le estiraran el cuero o como si la hubieran apaleado?. Dígame, más de lo que siente. _Insistí tratando de obtener mayores datos para establecer un diagnóstico algo razonable.

_Nada de eso siento, Doctorcito. Es un frío en la espalda que no se me quita. Mire ya me han dado varias recetas. _Dijo mostrándome varias recetas las cuales revisé. Encontré varios calmantes del dolor incluso le habían indicado unas ampolletas con derivados de la cortisona (solumedrol y alin) lo que reflejaba que los médicos que había consultado también habían parido chayotes para comprender la fría espalda de la paciente. Revisé también una radiografía del tórax, y unos estudios generales de sangre. Ninguna pista que seguir. Todo normal.

Intenté explicarles el origen de su queja y les dije. _Lo que usted siente no es dato de enfermedad grave que ponga en peligro su vida. Sus pulmones y su corazón están bien. No tiene ni artritis ni golpes en su espalda, puede ser por cansancio muscular o por sus nervios. _Continué con una larga exposición de la forma en que el sistema nervioso y el cansancio pueden ocasionar en la mente de una persona la sensación de frío en la espalda sin que ello signifique tal o cual enfermedad. Todo fue en vano. Reconocí que fui incompetente para hacerme entender lo que yo había concluido de su mal. “Me puso a parir chayotes”.

Fue necesario llamar a una de sus hijas que estaba en la sala de espera para informarle a ella de las conclusiones que ya les había comunicado a sus padres. Por fortuna, resultó ser una avispada joven que rápidamente comprendió el origen de los males de mamá e incluso apoyó la opinión del posible origen nervioso psicosomático de la fría espalda de su madre ya que la calificó como “muy nerviosa y berrinchuda”, aunado al esfuerzo de los quehaceres hogareños como lavar a mano, exprimir la ropa, barrer el patio de la casa lo que produce cansancio muscular que se puede traducir en dolor adormecimiento, entumecimiento o frío, como en esta paciente.

Estos casos son sumamente frecuentes. Equivocarnos en su interpretación puede conducir a indicar tratamiento innecesario y potencialmente tóxicos como los derivados de la cortisona que ya le empezaban a aplicar a esta mujer. Prescribí un relajante del sistema nervioso, no controlado, sin peligro de adicción y encargué y confié en que la hija podría lograr mejor convencimiento que yo, del origen de sus queja y de lo inofensivo fíaicamente del frío en la espalda.