Banner
Banner
Banner
Banner

jueves, 22 agosto 2019

Portada

ESPECIAL: LA HISTORIA DEL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI; ÚLTIMA PARTE

  • PDF

lecumberri2

José SANCHEZ LOPEZ

STAFF SOLQR.- Eulalio Rubí Cedillo, Elías Isse Núñez, José Salomón Tanús, Jorge Téllez Girón, "El Drácula" y Jorge Obregón Lima, "La Chita" y, jefe máximo por un tiempo de la temible División de Investigaciones Para La prevención de la Delincuencia (DIPD), fueron algunos de los altos jefes policíacos que estuvieron a punto de ocupar "su suite" en las crujías de Lecumberri, pero gracias a sus abogados, solamente llegaron al área de juzgados, dejando con un palmo de narices a decenas de reos que ya los esperaban ansiosamente para darles su "bienvenida".

Muchos otros personajes, gracias a la varita mágica del amparo, sólo
llegaron al umbral del Palacio Negro, pero estuvieron a punto de
trasponer las puertas del infierno y formar parte de la población
penitenciaria.

La lista es larga y el espacio corto, por lo que solamente nos
referiremos a unos cuantos: Gustavo "Halcón" Peña, del equipo
Guadalajara, acusado de bigamia por la hija del torero Silverio Pérez;
Rubén "Púas" Olivares, acusado de violación tumultuaria y lesiones; su
compadre, el promotor de box Rubén Maldonado, por homicidio; José
Ángel "Mantequilla" Nápoles, lesiones; Alberto Vázquez Gurrola, por
bigamia; su colega Manuel Muñoz Velasco, cuyo nombre artístico era
Manolo Muñoz, por delitos contra la salud; Alfredo "El Güero" Gil, del
trio Los Panchos, por homicidio, así como muchos otros personajes más.

En la mayoría de los casos, había los elementos necesarios para
ejercer acción penal en contra de los inculpados, pero
misteriosamente, durante el transcurso de los procesos, las pruebas se
desvanecían, los testigos se retractaban, los delitos se
reclasificaban, los peritajes se cambiaban y finalmente se resolvía a
favor de los indiciados.

MILES DE MUERTOS E INCONTABLES FUGAS

Si se intentara contabilizar el número de muertes en el Palacio Negro
durante sus casi 76 años de existencia, entre "suicidios", asesinatos
y hasta desapariciones, sería punto menos que imposible,
conservadoramente se calcula que cuatro veces su población inicial
(mil 400 presos, entre hombres, mujeres y menores de edad), es decir
más de 5 mil 600 personas, perecieron dentro de dicha prisión.

Otro tanto ocurrió con el número de fugas, pues de la misma manera que
se ocultaban las muertes también se tendía un velo de misterio
respecto a las evasiones, por lo que sería imposible cuantificar
cuántas fugas hubo.

Unas de las pocas conocidas, fueron las de Santiago Reyes Quesada,
conocido en el hampa como "El Capitán Fantasma", con un record de
siete fugas de distintas prisiones.

"El Capitán Fantasma" logró escapar de muchas y muy variadas formas de
la cárcel: escondido en un ropero, como "Pepe el Toro" en la película,
disfrazado de militar, escalando los muros, en un carro de bomberos y
hasta en el auto de un ex gobernador, a cuyo guardaespaldas embaucó.

En la fuga de Lecumberri, Reyes Quesada logró evadirse disfrazado de
mujer, para lo cual contó con la complicidad del personal de
vigilancia. Fue recapturado y enviado a un penal en el estado de
Puebla donde trató de escapar en dos ocasiones, pero no lo consiguió
hasta que finalmente murió en prisión.

Cuatro meses antes de que el Palacio Negro de Lecumberri cerrara sus
puertas definitivamente, el cubano Alberto Sicilia Falcón y sus
cómplices Luis Antonio Zúccoli, Alberto Hernández Rubí y José Egozzi
Béjar, se evadieron espectacularmente, a través de un túnel, obra
maestra de ingeniería y arquitectura, con una longitud de más de 700
metros.

La mañana del 26 de abril de 1976, el Palacio Negro de Lecumberri se
convirtió en un manicomio, al descubrir en la crujía "L" del
narcotraficante cubano, ex espía de la CIA y amante de Irma Serrano,
"La Tigresa", la boca de un túnel de 80 centímetros, aproximadamente.

Por dicho pasadizo se habían escapado Sicilia Falcón, Antonio Zúccoli,
Hernández Rubí y Egozzi Béjar. El subterráneo iba desde el interior de
la penitenciaría hasta una casa en aparente construcción en las calles
de San Antonio Tomatlán.

El pasadizo medía más de 700 metros y su costo, estimado por las
autoridades, había sobrepasado los tres millones de pesos, además de
otros cuantos repartidos entre directivos del penal por no "darse
cuenta" de la construcción del subterráneo.

Tras la fuga y la revisión del túnel, las autoridades quedaron
boquiabiertas ya que se toparon con una obra maestra donde encontraron
herramienta costosa y sofisticada:

Carretillas, guantes, marros, seguetas, potentes taladros con
silenciador, picos, palas, barretas, cinceles, mascarillas, sierras
para cortar concreto y metales, tanques de acetileno, colchones
neumáticos, planos de la penitenciaría, lámparas sordas y de gasolina,
además de muchos y variados implementos de manufactura extranjera.

A lo largo del pasadizo, colocaron placas de acero tanto en el techo
como a los lados, para evitar posibles derrumbes.

Sobrevino el escándalo y el triunfo de la recaptura se lo adjudicó la
División de Investigaciones Para la Prevención de la Delincuencia
(DIPD), de Francisco Durazo Moreno, "El Negro" y Francisco Sahagún
Baca, aunque en realidad los captores habían sido modestos patrulleros
que solamente iban a infraccionar al conductor de un automóvil que
circulaba a exceso de velocidad.

Empero, la libertad de Sicilia y compinches resultó efímera, pues tan
sólo seis días después, el dos de mayo de ese mismo año, luego de unas
cuantas copas, unas amigas y un vehículo, los prófugos seguían
celebrando su peliculesca escapatoria.

Los cuatro fugitivos circulaban velozmente a bordo de un automóvil
Buick, convertible, cometiendo toda clase de infracciones al
reglamento de tránsito, por calles de la colonia Condesa.

Fueron avistados por unos patrulleros que les ordenaron a través del
altoparlante que se detuvieran para infraccionarlos.

Obviamente no se detuvieron pues temían ser reconocidos y empezó la
persecución, al tiempo que los uniformados pidieron refuerzos ya que
les resultó extraño que por una falta de tránsito los sujetos se
dieran a la fuga.

Junto con la persecución se entabló la balacera a la que se sumaron
más elementos de la entonces Dirección General de Policía y Tránsito
del DF.

Así, se prolongó hasta un edificio de la colonia Narvarte. Hasta ese
momento ninguno de los perseguidores se imaginaban siquiera que se
trataba de los evadidos del Palacio Negro de Lecumberri, aunque ya
suponían que se trata de "peces gordos", dada la oposición a su
captura.

Finalmente los patrulleros tomaron a sangre y fuego el edificio de
departamentos y aprehendieron a los fugitivos, fue cuando hasta
entonces se dieron cuenta de quienes se trataba. Las investigaciones
revelaron que el jefe de vigilancia, el coronel Edilberto Gil
Cárdenas, había sido el principal protector dela fuga y éste a su vez
dio a conocer que también estaban involucrados el subdirector, Jesús
Ferrer Gamboa, que también terminaron en prisión.

LLEGO A SU FIN EL PALACIO NEGRO DE LECUMBERRI

Finalmente, la mañana del 26 de agosto de 1976 se escuchó por última
vez en ese sitio, el clásico y tradicional grito de: "A la reja con
todo y chivas", que anunciaba la liberación de algún preso.

"Ese Melesio Hernández, a la reja con todo y chivas", gritó uno de los
celadores, pero el último reo de Lecumberri no salía para quedar
libre, sino para ser llevado al Reclusorio Norte, recién inaugurado
por el presidente Luisa Echeverría Alvarez.

Tras el último preso se cerró el zaguán de grandes portones metálicos
de la bella pero siniestra construcción. Atrás quedaron casi siete
décadas de horror e indignación y entre sus muros, secretos que ya
nadie podría revelar.

Crujías, celdas mazmorras, calabozos, apandos, cámaras de tortura,
alimañas, bichos, sabandijas y ratas, finalmente quedaban solas, sin
tener más a su merced a miles de presos para seguir sangrándolos como
sanguijuelas.

Tras su clausura oficial, permaneció casi seis años cerrado al
público. En ese lapso se manejaron varias hipótesis respecto a su
destino; que si iba a ser demolido, que se convertiría en museo, que
un excéntrico millonario lo había comprado para montar un hotel a todo
lujo, de cinco estrellas.

Su restauración llegó a su fin a medidos de 1982, es decir que
tardaron casi seis años para dejarlo igual que cuando fue inaugurado
en 1900.

A fines de 1982, el entonces presidente José López Portillo y Pacheco,
reinauguró el Palacio Negro de Lecumberri, pero ya no como prisión,
sino como el Archivo General de la Nación.

Seguía estando en el mismo lugar, pero ya no eran los llanos de San
Lázaro, sino la avenida Eduardo Molina y las calles de Albañiles, San
Antonio Tomatlán y, desde luego, Lecumberri.

El aspecto actual de la vetusta construcción, rodeada de jardines y
fuentes, con sus enormes zaguanes, puertas y ventanales estilo gótico,
sus murallas y altísimos torreones, la torre principal desde donde se
observaba cualquier punto de la prisión, el aristocrático y costoso
reloj inglés, sus patios adoquinados, su interior recamado con mármol
y maderas preciosas, obligan a rememorar a aquellos castillos del
medioevo, inexpugnables fortalezas donde los soberanos eran dueños de
vidas y haciendas, igual que los carceleros cuando fue el Palacio
Negro de Lecumberri.

Su soberbia fachada se yergue majestuosa y continúa incólume al paso
del tiempo, conserva el estilo original de las edificaciones del siglo
XIX, pero ya no alberga en sus entrañas a seres humanos, víctimas de
la explotación del hombre por el hombre.

Ahora es el acervo de nuestro país, donde se resguardan celosamente
toda clase de documentos históricos.

Al menos en ese sitio ya no se repetirán aquellas historias de horror,
pero sólo se trasladaron a los "modernos" reclusorios llamados
pomposamente, "Centros de Prevención y Readaptación Social", de tal
suerte que una frase resume la situación actual: "¡La corrupción se
descentralizó".