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viernes, 17 agosto 2018

"EL PALACIO NEGRO" DE LECUMBERRI

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STAFF SOL QUINTANA ROO

Ciudad de México.- El autopublicista Alfonso Quiroz Cuarón definió a la cárcel de Lecumberri como "antesala del infierno, escuela del crimen y universidad de criminales", pero el cronista de las prisiones de México, David García Salinas, prefirió calificarla como "La Mansión del Delito".

A casi 118 años de su inauguración, el edificio aloja ahora al Archivo General de la Nación y como afirman dos de los mejores investigadores del tema, Edmundo Arturo Figueroa Viruega y Minerva Rodríguez Licea, de la Universidad de Colima, "la Penitenciaría de Lecumberri fue un centro carcelario mexicano, en el que además se estableció el sistema penitenciario moderno; fue el primer gran centro de reclusión de la ciudad de México diseñado y construido para alojar a los condenados, tras la abolición de la pena capital, bajo el esquema de regeneración, educación y enseñanza de labores para reinsertar a los presos a la vida activa en la sociedad al concluir su sentencia. Estos ideales reflejaban el progreso y el humanismo que se empezó a gestar en el Porfiriato".

Destacó la idea del panóptico, resolviendo el área de celdas en crujías dispuestas radialmente, edificado con cantera, mampostería y estructura metálica que dieron forma a los distintos espacios del conjunto; siguiendo un estilo ecléctico que "evocaba una arquitectura de fortaleza, que representara temor. Erigido en una zona pantanosa que representó un reto constructivo", dijeron Minerva Rodríguez Licea y Edmundo Arturo Figueroa Viruega.

La penitenciaría decayó debido a la sobrepoblación y la corrupción, fracasando lamentablemente el esquema social previsto para reintegrar a los reclusos; derivando en la desaparición de la cárcel y el traslado de los reos a nuevos centros penitenciarios. Conminando al conjunto penitenciario a la desaparición, situación que fue frenada, logrando salvaguardar el patrimonio edificado y con él la historia del emplazamiento, dándole un nuevo uso, alojar al Archivo General de la Nación".

Con gran acierto, objetividad y patéticamente, mi gran amigo, David García Salinas, el cronista de las prisiones de México, me dijo no hace mucho tiempo que en la penitenciaría porfiriana desde su inauguración, 29 de septiembre de 1900 hasta el 25 de agosto de 1976, "se consumían lentamente inocentes y culpables, en una lucha encarnizada por la sobrevivencia".

Los muros y rejas encerraron no sólo seres humanos, sino miles de historias criminales que conmovieron profundamente a generaciones de mexicanos, y otros relatos menos conocidos y quizá igual o más importantes.

Por ejemplo, la soslayada fuga del zacatecano Fidel Corvera Ríos, a sangre y fuego; la evasión del políglota Alberto Sicilia Falcón, exconspirador de la CIA en su natal Cuba y exagente del FBI en Estados Unidos; y la triste historia de una niña hidalguense, procesada en Lecumberri a los 10 años de edad y "testigo" de que Francisco Ignacio Madero (quien aseguraba que su nombre no era Ignacio sino Indalecio) y José María Pino Suárez, no fueron acribillados a balazos cerca del campo deportivo del Palacio Negro, reforzando una versión del principal asesino de la célebre pareja histórica y quien dijo que la agresión mortal ocurrió en las caballerizas de Palacio Nacional

Los investigadores Rodríguez y Figueroa expresaron que la cárcel de Lecumberri fue una prisión erigida en la ciudad de México en los albores del siglo XX, que se convirtió en un sitio de condena, purgación y expiación, pero también donde se vivieron momentos negros en la historia penitenciaria del país; en ese sitio se coartaron las libertades, se reprimieron ideales, se cometieron diversas injusticias; sin embargo, esta cárcel también fue el sitio que marcó un parteaguas en el modo de vida y desarrollo de las cárceles del país. Si bien, no fue la primera penitenciaría construida exprofeso, si fue la de mayor relevancia por sus dimensiones, capacidad y ubicación.

De igual manera, un cambio fundamental en la historia penitenciaria se presentó en esta periodicidad, al iniciarse la abolición de la pena capital en México, propiciando que los sentenciados se convirtieran en prisioneros; en consecuencia, se requería una mayor cantidad de espacios de encierro y concentración para purgar las condenas, y no sólo de estadía como los existentes, para los que eran llevados al patíbulo. Cabe recordar que hasta esa época, aunque existían prisiones en la modalidad de espacios correctivos, éstos eran una minoría, los lugares se enfocaban en recluir a los individuos, mientras se les dictaba sentencia, esperaban la muerte o un encierro temporal por faltas menores. Igualmente es importante citar que previo a este tiempo las penas recibidas en la reclusión incluían sanciones corporales como azotes, tormentos o trabajos forzados que en ocasiones resultaron en esclavitud incluso con marcas.

Anteriormente, agregaron los estudiosos, "la gran mayoría de las cárceles de México se situaban en sitios erigidos previamente con otros fines, que se adaptaban para alojar a los condenados. En ocasiones se tenían celdas en edificios gubernamentales, cuarteles militares, algunos otros recintos públicos, pero también en sitios de carácter privado como algunas haciendas; siendo estancias cortas principalmente las que se purgaban en dichos sitios o bien, puntos de tránsito para traslados ya fueran para una cárcel mayor o hacia la ejecución. Existieron diversas cárceles en la ciudad de México a lo largo de su historia tanto en la época virreinal como en el México Independiente, algunos vinculados a tribunales otros al Santo Oficio, teniendo diversas redes para acoger a los acusados, "situación que se replicó en todo el territorio nacional".

Sin embargo, "por sus características espaciales y dimensionales los espacios más empleados para la reclusión, fueron los lugares religiosos; los cuales quedaron en abandono primordialmente tras la implementación de las leyes de Reforma, momento histórico en el que se despojó al clero de sus bienes, dejando los sitios en abandono provocándoles un estado ruinoso que empeoró con la implementación del uso carcelario y que a la postre los condujera a la desaparición del patrimonio histórico, condenado por la transformación de sus espacios y el sinsentido de existencia de los emplazamientos.

En aquella época la sociedad aparecía claramente estratificada, quedando en un lado la pudiente y minoritaria aristocracia, con ínfulas burguesas que trataban de emular la vida y costumbres de ciudades europeas o norteamericanas en boga y en el otro extremo estaba el grueso de la población, de origen indígena, perteneciente a la clase trabajadora pero también con grandes rezagos económicos que redundaba en una gran pobreza que se reflejaba en sus barrios y calles.

"La pobreza se convirtió en un estereotipo que se vinculó con lo más vil y ruin de la sociedad, siendo en consecuencia sinónimo de suciedad, fetidez, vicio, embriaguez, delincuencia e incluso enfermedad; esta situación generó un mayor sesgo social, condenando a la ignominia pueblos o barrios de la ciudad en los que pululaba la pobreza, como si esta fuese contagiosa. Estas condiciones de pobreza y sus connotaciones sociales fueron motivos de preocupación constante para las autoridades quienes trataron de atenuarlas estableciendo orden, fomentando la disciplina, toda vez que se establecía que la única forma de acabar con los aspectos negativos de la sociedad era reeducándola e instruyéndola para el beneficio de la comunidad, ideas bases de la rehabilitación de la penitenciaría", indicaron los universitarios de Colima.

FIDEL CORVERA RIOS

El 5 de diciembre de 1962, siete reos de Lecumberri sacaron de sus escondrijos algunas armas de fuego que compraron a los custodios y, como si sus movimientos no despertaran sospechas, tomaron una gran escalera de madera, "hechiza", que construyeron poco a poco para un intento de fuga.

Era obvio que la enorme escalera para nada bueno la necesitaban y los guardianes de la cárcel iniciaron preparativos para enfrentar una gran violencia.

Algunos celadores fueron atrapados y despojados de sus armas y uniformes; entre los agresores estaban Fidel Corvera Ríos, acusado de robo y homicidio; Enrique de los Santos Teissier, Leopoldo Necoechea Pichardo, el políglota Antonio Espino Carrillo, cubano y exguardaespaldas del expresidente Carlos Prío Socarrás; Jesús Campos Flores, homicida; Manuel González Sánchez, detenido por robo y Salvador Zavala, "El Cerillo".

Ninguno de los reos obedeció la orden de detenerse y levantar las manos, al contrario, desataron una balacera en la que los primeros en caer fueron Antonio "Tony" Espino y Jesús Campos Flores.

Fidel Corvera Ríos, Manuel González y Leopoldo Necoechea llegaron a lo alto de las murallas; el cumplido guardián Manuel Cardona Sánchez abrió fuego con su fusil contra Corvera y lo hirió en el costado derecho.

Al pasar junto a Cardona, Fidel trató de matarlo a tiros, pero su arma, calibre .45, se trabó y entonces el prófugo arrojó al policía al vacío. Extrañamente, Cardona volvió a salvarse, pues en otra ocasión también fue arrojado desde lo alto de la muralla que cuidaba.

Fidel, Manuel y Leopoldo siguieron su carrera. Hacia la calle Héroe de Nacozari había unos cables telefónicos y Leopoldo intentó descolgarse, pero resbaló y fue capturado, tras lastimarse las piernas. Manuel tuvo mejor suerte, pues se protegió las manos con una chamarra y llegó a la calle sin problemas. Pero el zacatecano Fidel se quemó cruelmente los dedos antes de llegar a la superficie y en libertad.

Los demás implicados en la evasión fueron detenidos y, como siempre ocurre, se tejieron leyendas heroicas: Fidel y Manuel "cruzaron a nado el Canal del Desague y se internaron en la Colonia Juan Polainas, cercana al penal de Lecumberri".

Durante 124 horas el asaltante Fidel Corvera Ríos pudo ocultarse del Servicio Secreto, en la ciudad de México, pero, como se dedujo, no podía estar muy lejos, dada la herida que presentaba en el costado derecho.

Así era, estaba escondido en la Colonia Moctezuma, Calle Norte 17, número 135, Segunda Sección. Lo había atendido "por miedo" la señora Maximina Campos Vargas, quien le practicó algunas curaciones y dijo que el cruce a nado del Canal del Desague sólo existió en la imaginación de algunos reporteros de policía.

Cuando los agentes descubrieron dónde estaba Fidel, les suplicó que no dispararan, que se rendía incondicionalmente. Salió poco a poco de un gran ropero y comentó que no se explicaba el por qué lo habían localizado tan rápido los detectives secretos. En realidad, fue una delación, pues en aquel tiempo el Servicio Secreto tenía espías a su servicio en las zonas de mayor peligrosidad de la ciudad de México.

El otro prófugo, Manuel González Sánchez, "El Pelón", fue arrestado en San Luis Potosí, cuando se apoderó de una bicicleta para venderla y poder comprar algo de alimento.

Mi amigo, el cronista de las prisiones de México, David García Salinas (locutor, licenciado, reportero, escritor, políglota) me permitió tomar datos de uno de sus libros sobre el tema.

Año: 1958. Personaje: Fidel Corvera Ríos. Delito: Asalto a mano armada, robo y homicidio. Sentencia: 40 años de prisión.

Julio de 1958, el robo de automóviles era alarmante en la ciudad de México, una tenaz lluvia se precipitó sobre las calles, obligando a los transeúntes a refugiarse bajo las marquesinas de los grandes almacenes del centro. Otros compraban hules de a peso y los más precavidos, enfundados en protectoras gabardinas, se reían de la lluvia.

El martes 14 de Octubre, a las 10 de la mañana, una camioneta de la Tesorería del Distrito Federal acudía a un banco para trasladar un millón 600,200 pesos, destinados al pago de salarios quincenales de los trabajadores de Aguas y Saneamiento, cuya pagaduría se localizaba en Avenida Tacubaya 272, a una calle de la embajada de Cuba y cercana a la embajada soviética.

Cinco hombres salieron del Banco de México (5 de Mayo esquina San Juan de Letrán) llevando dos costales de dinero, uno grande y otro más pequeño, pero muy pesados. Los custodios subieron el dinero a la camioneta.

Frente a la estatua de la Diana Cazadora, en Paseo de la Reforma, los guardianes bromearon por la desnudez de la escultura del maestro Juan Olaguíbel. Cuando el vehículo llegó a la calle Francisco Márquez y Zamora, se le atravesó un Buick negro, impidiéndole continuar el camino.

Cinco individuos armados con pistolas amenazaron a los custodios del dinero y Fidel Corvera Ríos, golpeó con su arma a tres empleados que iban adelante. Luego, los asaltantes pasaron la bolsa grande de dinero a la parte delantera de la camioneta.

En loca carrera la camioneta, manejada por un ladrón, atropelló a un ciclista en Avenida Patriotismo y el agente de Tránsito, José Estévez Rosell, le ordenó al chofer aminorar la marcha. El agente subió a la camioneta y Corvera le dio un balazo mortal.

Al desplomarse sin vida Estévez, la camioneta enfiló hacia el Desierto de los Leones y descendió posteriormente por el camino a la Magdalena Contreras. Se entabló una balacera entre policías perseguidores y los hampones.

Estos trataron de huir y no pudieron llevarse el dinero, por el enorme peso. El policía Pascual Miranda Rojo falleció días más tarde, a consecuencia de las heridas que recibió en la balacera.

El robo aparentemente fue perpetrado bajo instrucciones de los hermanos Hugo y Arturo Izquierdo Ebrard, originarios de Nautla, Veracruz y cautivos 9 años a raíz de la muerte violenta del senador Mauro Angulo, victimado en 1948. Fueron condenados a 20 años, pero la Suprema Corte de Justicia, donde tenían amigos, les concedió un amparo y los declaró inocentes.

Contra el zacatecano Fidel Corvera Ríos, quien aseguró después que lo único limpio que tenía en el alma, era el recuerdo de su progenitora, había por lo menos seis órdenes de aprehensión y su último ingreso a prisión había sido por el robo de 200,000 pesos a la joyería Zavala, contigua al mercado Abelardo Luis Rodríguez, situado en el primer cuadro de la ciudad de México.

El 13 de febrero de 1959, un policía bancario, vestido de civil, caminaba rumbo a Naucalpan, cerca del Panteón Español, no muy lejos de los límites del Distrito Federal y el Estado de México, cuando advirtió que un automóvil particular acababa de estrellarse contra un poste de los servicios eléctricos del Departamento del Distrito Federal. El manejador, en notorio estado de ebriedad y armado con un revólver, descendió del vehículo intentando darse a la fuga.

El policía corrió tras él y luego de brusco forcejeo, logro detenerlo y desarmarlo. El beodo automovilista, sujeto alto, fornido, tipo norteño, lo invitó a llegar a un "arreglo amistoso" ofreciéndole 10,000 pesos. El honesto vigilante se opuso y lo condujo a la delegación de policía. Ante el Ministerio Publico el detenido se identificó como "Rafael Munguía", pero fue reconocido como Fidel Corvera Ríos y su captor, Francisco Vázquez García, fue felicitado por su valor y honradez.

A su ingreso a la Cárcel Preventiva de la ciudad, Corvera llegó a ser el amo absoluto de la droga, apoyado por deshonestos jefes de vigilancia, en poco tiempo se enriqueció con la venta de estupefacientes. Cuarenta años de prisión le fueron confirmados en el Tribunal Superior de Justicia y el 22 de octubre de 1963 fue trasladado a la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla para cumplir su sentencia. El zacatecano volvió a organizar una red de narcos.

En septiembre de 1966, fueron asesinados Leopoldo Necoechea Pichardo (viejo conocido de Corvera) y su primo Dagoberto Quintanilla Pichardo, en la sala de cine de la penitenciaría. El autor fue Corvera.

Ignacio Griffaldo Méndez, ayudante de Leopoldo, esperó pacientemente una oportunidad. Alguien le dio dinero para comprar una pistola. El 9 de diciembre de 1966, Fidel jugó basquetbol con tres amigos suyos y, cuando salía del gimnasio—sus amigos habíanse alejado—fue interceptado por Griffaldo, quien le disparó en seis ocasiones y le hirió con puñal. El interno David Noriega Medina trató de auxiliar a su amigo Fidel, pero le fue imposible. Era tarde, tuvo tiempo Fidel de agradecer a David y, a las 17.50 horas, cuando se dolía de fuertes dolores abdominales y pedía calmantes con insistencia, perdió la vida.

MADERO Y PINO SUAREZ

--Querido Serapio Rendón Alcocer. Dispensa que te escriba con lápiz. Como tú sabes, hemos sido obligados a renunciar a nuestros respectivos cargos, pero no por eso están a salvo nuestras vidas. En fin, Dios dirá. Por ahora te recomiendo que si algo malo nos acontece procures ver a mi esposa y consolarla. La pobrecita ha sufrido mucho, pues tú debes saber cuánto nos hemos querido—comunicó José María Pino Suárez.

--Me resisto a creer que nos inflijan daño alguno después de las humillaciones de que hemos sido víctimas. ¿Qué ganarían ellos con seguirnos afrentando?..

--Dícese que mañana se nos conducirá a la Penitenciaría...El Presidente no es tan optimista como lo soy yo acerca de las perspectivas del traslado, pues anoche, al retirarnos, me dijo que NUNCA SALDREMOS CON VIDA DE PALACIO. Me guardo mis temores para no desalentarlo. Pero, ¿tendrán la insensatez de matarnos? Tú sabes, Serapio, que nada ganarán, pues más grandes seríamos en la muerte que hoy lo somos en vida.-- José María Pino Suárez.

El político yucateco apenas pudo cumplir parcialmente el encargo de su amigo tabasqueño, pues seis meses después de leer la dramática misiva, fue plagiado y conducido a Tlalnepantla, donde algunos custodios lo provocaron y golpearon; comprendió que le tocaba despedirse por escrito de su familia y, cuando redactaba la carta póstuma...recibió varios tiros por la espalda.

Otro gran sureño, el doctor Belisario Domínguez Palencia, senador por Chiapas, mandó imprimir un candente discurso contra Victoriano Huerta y, el 7 de octubre de 1913, fue asesinado por policías; el doctor Aureliano Urrutia, compadre del usurpador, le cortó la lengua a Belisario y la llevó como trofeo en un frasco lleno de alcohol.

Peor suerte les tocó a Gustavo Alberto Madero y el intendente de Palacio, Adolfo Bassó, poco tiempo antes de que dizque fueran asesinados cerca de Lecumberri, Madero y Pino Suárez.

El escritor Stanley R.Ross informó que los partidarios de Félix Díaz exigieron que cuatro prisioneros les fueran entregados. Victoriano Huerta les mandó a Gustavo A.Madero y Adolfo Bassó, como evidencia de su buena fe. El 19 de febrero de 1913, el hermano del Presidente fue llevado a golpes y empellones a la Ciudadela y, sangrante y desfigurada la cara, sus vestidos rotos, Gustavo trató de resistir aquella frenética y borracha chusma de cerca de cien individuos. Mencionando a su esposa, hijos y padres, les imploraba que no lo mataran. Sus palabras eran recibidas con burlas y risas. Uno de la multitud se adelantó y le sacó el ojo bueno. Gustavo, ciego, lanzó un grito de terror y desesperación.

La chusma se reía, burlándose y lo llamaba "cobarde", "llorón", "ojo parado", pinchándolo, dándole bofetadas y a palos, lo forzaron hacia el patio. Un individuo le puso el cañón de su revólver contra la cabeza, la mano tembló y el tiro le rompió a Gustavo la mandíbula. Gustavo caminó hacia la estatua de Morelos, donde fue acribillado a balazos y recibió el tiro de gracia. Los homicidas le robaron algunas prendas y le extrajeron el ojo artificial, que circuló de mano en mano. Adolfo Bassó se enfrentó valientemente a su linchamiento.

Victoriano Huerta habría dicho que se decidió a ejecutar a Madero y Pino Suárez y ordenó a Aureliano Blanquet que buscara gente apropiada para ello, que no fueran militares de línea. El mayor Francisco Cárdenas y el oficial Rafael Pimienta, gente de lo más desprestigiada entre los irregulares, fueron los comisionados para encargarse de las ejecuciones. Iban en la columna de Blanquet.

Según la versión de Huerta los asesinos "cometieron la torpeza de enterrar inmediatamente a los muertos, pero ordené que los exhumaran y los presentaran en la Penitenciaría", de acuerdo a un libro aparecido en España en 1917, tras el deceso del usurpador.

El "cuento" del asesinato en las cercanías de Lecumberri nadie lo creyó y menos cuando el asesino Francisco Cárdenas reconoció ante un reportero de Excélsior, que el doble crimen fue perpetrado en las caballerizas de Palacio Nacional. Incluso, lo consignó en su diario, que está en poder del gobierno de Guatemala.

En febrero de 1913, la niña Isabel Valcastregui Barrera, de 10 años de edad, estaba sujeta a proceso por el delito de lesiones graves, en la cárcel de Lecumberri. En aquel tiempo se permitía juzgar menores en la Cárcel Preventiva de la ciudad de México y se les enviaba a la Penitenciaría.

La pequeña creció tras las rejas y salió en libertad en noviembre de 1920—salvo error u omisión—y declaró para La Prensa que el 22 de febrero, lo único que se escuchó en Lecumberri fue una discusión entre elementos de la enfermería y varios policías, que exigían que "se autopsiara a Madero y Pino Suárez, acribillados a tiros a un lado del campo deportivo de la prisión".

Isabel Valcastregui Barrera, cuya historia daremos a conocer en un trabajo próximo, demostró que por las noches, cuando a los celadores se les escapaba un balazo, "se escuchaba como un cañonazo, porque Lecumberri estaba en las afueras de la ciudad de México, en un lugar pantanoso, donde en la oscuridad destacaba, naturalmente, el canto de grillos y ranas".

Si las autoridades aseguraban que "una chusma" intentó rescatar a sangre y fuego a Madero y Pino Suárez, y que la pareja recibió gran número de balazos, ¿por qué ninguno de los reos escuchó el tiroteo?

En cuanto a la fuga del cubano Alberto Sicilia Falcón, fue tan preparada que hubo necesidad de "adornarla" para engañar a los lectores, radioescuchas y televidentes.

Cuatro miembros de la más peligrosa banda internacional de narcotraficantes se fugaron el 26 de abril de 1976 de la Cárcel Preventiva de la ciudad de México, por medio de un túnel de 40 metros de longitud.

El túnel, perforado en dos meses, pasaba por debajo de una casa habitada, atravesaba la calle Héroe de Nacozari y daba precisamente a una de las celdas donde estaban los entonces evadidos.

Los hampones utilizaron herramientas especiales, de alto poder, pero silentes. Cuando trabajaban a toda intensidad, lo único que se escuchaba era un silbido casi imperceptible. Los prófugos fueron Alberto Sicilia Falcón, Alberto Hernández Rubí, José Egozzi Béjar y abogado Luis Antonio Zuccoli Bravo.

Se había "comprado" amplia zona del penal en dos millones y medio de pesos, área en la que sólo entraban presos "controlados".

En diciembre de 1975, el reportero Luis Enrique Martínez advirtió en el periódico La Prensa que "la mafia internacional realizaría una fuga espectacular".

La Suprema Corte de Justicia ordenó la destitución de varios magistrados de circuito y unitario, ya que la banda a la que auxiliaron operaba desde Turquía, Vietnam, Italia, Francia y posiblemente en algunas partes de la Unión Soviética.

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